Una vez la época esperada, se hacía esperar. Los árboles fallecían, morían en forma de aterrizaje, sus hojas en el suelo. La gente cantaba, para ser escuchada y, abarrotadas, las tiendas dejaban de subestimarse. Llegó la época de cambios. Las calles se tiñeron de colores, para festejar la buena nueva. Los árboles, ya no mueren sólos, y les ganan el protagonismo, el consumismo, y el reflejo en los charcos, de la luminosidad navideña. Incluso el semáforo, se permiten el lujo de pasar desapercibido. Las tabernas renacen y, colapsadas, acojen a miles de bebedores, en el barrio de Lalatina. Esta, es la época.



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